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Que todo el mundo se equivoca alguna vez es una afirmación que te incluye, nunca lo olvides.

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Se muestran los artículos pertenecientes a Septiembre de 2004.

13/09/2004

Universos imposibles e improbables: ¿diseño o azar?

¿Tiene sentido preguntarse por la imposibilidad de un suceso cuando este ha ocurrido?.Alguien puede mantener que un suceso no puede ocurrir, antes de que ocurra, pero una vez ha ocurrido, la evidencia se impone y más bien debe revisarse la cadena de argumentos y razonamientos que conducian a esa conclusión. Pero, ¿qué ocurre con lo improbable?.

Existe un principio llamado antrópico según el cual las observaciones acerca del Universo deben estar limitadas por las condiciones que hagan posible nuestra existencia, puesto que es una evidencia que estamos aquí para preguntarnos por la estructura del Universo.

Muchos científicos piensan que es un principio util para la formulación de hipótesis, como Stephen Hawking o Fred Hoyle, que se basó en el principio para resolver la cuestión de la síntesis estelar del carbono al formular la existencia de la resonancia de este respecto al berilio. Otros piensan que no es más que una tautología que poco aporta a la investigación.

En cualquier caso, a partir del principo antrópico se formuló una nueva versión que se conoce como princpio antrópico fuerte- dejando al clásico con la denominación de débil- que, con distintos matices según quien se refiera a él, a venido a ser usado para afirmar que el Universo está de alguna manera destinado a engendrar a los seres humanos, o, cuanto menos, vida inteligente.

A partir de él, se ha tratado de mostrar que el Universo es un proyecto diseñado, convirtiendose en uno de los argumentos favoritos de toda clase de místicos, esotéricos, e incluso creyentes en las religiones tradicionales.

El principal argumento que se esgrime es el valor de ciertas constantes universales y de diferentes condiciones favorables a nuestra aparición. Así, por ejemplo, se habla de que la menor variación en el índice de planitud en el universo en el primer suegundo de su nacimiento hubiera hecho imposible la existencia del cosmos que conocemos y, con él, de la vida. Y así con los valores de las cuatro fuerzas, la densidad de matería en el universo, del ambiente de la Tierra- su distancia al Sol, la proporción de los distintos gases en la atmósfera terrestre-, el tamaño del Sol, etc.

El principio antrópico débil es una primera respuesta a esta cuestión. Puesto que estamos aquí, es natural esperar que todas las condiciones nos favorezcan, pero la explicación más sencilla es que la vida se “adapta” a ellas. La vida no aparece en planetas u otros lugares donde las condiciones no la favorecen, no está violando ninguna ley ni precisa de milagro alguno, simplemente existe porque las condiciones de todo tipo- leyes, constantes, etc.- lo permiten.

La aparición de la vida no es algo imposible, las condiciones dadas lo permiten y ese suceso se dió. A la frase: las constantes universales tienen el valor justo para que la vida exista, se le puede dar la vuelta: la vida existe porque las constantes tiene determinados valores.

Pero se dice que la coincidencia de esos ajustes en tantos valores de constantes y leyes es algo muy improbable. ¿Que significa exactamente esa expresión?

Esa es una expresión muy común, la usan, por ejemplo, los historiadores al referirse a algún personaje de la siguiente manera: Es muy improbable la existencia de x- Pitágoras, Jesús o el personaje polémico que prefieran-. También se usa al referirse, por ejemplo, a la confianza en seres queridos: es muy improbable que mi esposa me engañe.

Lo que esa expresión denota no es el significado matemático de probabilidad, el cociente entre los sucesos favorables y el total de los sucesos posibles, favorables y desfavorables, sino un significado diferente, la resolución subjetiva de una incertidumbre sobre la base de ciertos conocimientos y creencias.

La improbabilidad a la que se refieren no es la matemática, sino esta última, en la que se pretende aplicar el sentido común a una situación muy alejada de nuestra experiencia. Los descubrimientos científicos acerca de la estructura de la materia y el universo son poco intuitivos o directamente antiintuitivos. Cuando nuestro sentido común se muestra tan poco fiable en asuntos más próximos, pero que no afectan a nuestra experiencia directa, la aplicación del mismo a la solución de una incertidumbre sobre una cuestión de tal calado parece muy imprudente.

Pero aunque conocieramos lo suficiente del universo para realizar un cálculo de probabilidades en el sentido matemático, existen ciertas cuestiones que no parecen tener en cuenta los defensores del Universo diseñado.

Las probabilidades de un suceso tiene utilidad cuando un suceso no se ha producido, el cálculo a posteriori de las probabilidades de un suceso producido no tiene demasiado sentido.

Uno puede sentirse especial cuando le toca el premio de la lotería, pero no es más que un suceso aleatorio previsto por la probabilidad. También cabe preguntarse por las extraordinarias coincidencias que permiten que uno de nosotros en concreto esten aquí. Como se conocieron nuestros padres, las circunstancias que permitieron que nuestros bisabuelos se conocieran en una fiesta a la que uno no tenía previsto asistir, etc. En ocasiones se acumulan tal cantidad de coincidencias que algunas personas llegan a creer que sus vidas estaban prefijadas. Muchos sucesos improbables ocurren a diario.

Las probabilidades de que, al extender al azar uno tras otro los naipes de una baraja bien mezclada sobre una mesa, aparezcan en un orden concreto son muy bajas. En una baraja española sería de 40x39x38...x1, un número abrumadoramente grande. Pero es aplicable a una predicción acerca de qué orden concreto tendrán las cartas extendidas. Si extendemos las cartas, de hecho obtendremos un orden, cualquiera, que tenía en contra ese número enorme de probabilidades. Sin embargo, está ahí, ante nosotros. Cuantas veces lo repitamos, tantas veces obtendremos un suceso muy improbable.

La existencia de un diseño en el Universo precisa de algo más que la expresión de una emoción o una vaga referencia a las probabilidades de que algo así ocurriera.
13/09/2004 12:04 Enlace permanente. Tema: Saber-Creer Hay 18 comentarios.

14/09/2004

Divorcio : una solución politicamente correcta.

Uno ya está curado de espantos respecto a la capacidad de los políticos para ejercer eso que ha dado en llamar “ser políticamente correcto”. Se expresa a través del lenguaje, principalmente, llamando invidente al ciego, afroamericano al negro o magrebí al moro de toda la vida. Naturalmente, el lenguaje no cambia las actitudes, y uno puede seguir discriminando al invidente, cuidandose del trato con afroamericanos o solicitando que se pare la “invasión” de los magrebies.

Otro aspecto de quienes se mueven por deseos “políticamente correctos” se manifiesta en la observancia de la tolerancia radical a los demás. Salvo que se estime que la opinión o costumbre del otro es “politicamente incorrecta”. Y así, les lleva a los mismos que defienden que la sociedad de acogida de inmigrantes debe abrirse a las aportaciones culturales de estos inmigrantes, a defender el mantenimiento integro de su identidad cultural por parte de estos últimos. La contradicción se resuelve apelando a lo “politicamente correcto de ambas posturas, prescindiendo de su racionalidad.

A pesar de estar curado contra semejantes prácticas, me ha emocionado hasta lo más hondo conocer que en Chile, durante las discusiones acerca de la Ley de Divorcio, un amplio grupo de diputados consensuó una propuesta de añadir una clausula adicional a esa ley que permitiría que los novios, antes de casarse, pudieran optar por una variedad de matrimonio con opción a divorcio o por el matrimonio sin divorcio.

Uno no sabe si reir o llorar.

20/09/2004

Liberalismo extendido

Mientras que el nacionalismo entiende la libertad como el cumplimiento de un orden natural prefijado por la historia, la lengua, los orígenes, la tradición, etc., o las teorías derivadas del marxismo ponen arbitrarios límites a la libertad individual, el liberalismo entendió la sociedad como la libre confluencia de voluntades individuales.

En principio, una sociedad que se estructura por medio del juego libre de las autonomias del individuo, que permite que cada cual escoja su lugar en ella, no parece injusto.

El liberalismo ha aportado la afirmación del carácter individual, algo imprescindible para la formulación y la propia existencia de las libertades individuales modernas, de conciencia, de prensa, etc., y es la principal ideología implicada en la actual concepción del Estado Democrático.

Sin embargo, hay algo de artificial en el concepto del hombre en el liberalismo que puede ser la fuente de la incapacidad práctica de esta ideología para afrontar de manera efectiva la existencia de una fuente real de dominación de unos sobre otros, restando oportunidades a los más débiles.

En el liberalismo, el hombre es autolegislador, sin más límite que el que impone su famoso principio: "mi libertad acaba donde empieza la del otro".

Entendiendo que la sociedad es un juego libre de individualidades, se establece la competencia, que siempre es decidida por el grado de poder que cada una de esas voluntades pueda usar, surgiendo relaciones de dominio. Cada ámbito privado de libertad es así desigual, fruto de la competencia y de los mecanismos a su servicio.
El liberalismo entiende la ley como un freno o límite a la voluntad, y, por tanto, debe restringirse la intervención del estado todo lo posible.

Pero el liberalismo extraé al hombre de su contexto natural. El hombre no tiene existencia real aislado de la sociedad, el hombre autónomo es una quimera. No puede entenderse al hombre tomado aislado y estudiado de esa manera.

La individualidad del hombre se inscribe en una sociedad, en la que es capaz, por su interactuación con ella, de modificarla, de no transmitirla necesariamente intacta respecto a como la heredó.
La libertad es así libertad de relaciones, no es una mera propiedad del hombre sino que también constituye un modo de relación.
Puede aspirarse a una sociedad en la que los seres humanos ejerzan su autonomía sin que los otros constituyan obstáculos a la libertad individual, a suprimir o minimizar las relaciones de dominio.

La libre competencia conduce, por sí misma, a situaciones de dominio, a una sociedad en la que cada cual se consigue, mínimos aparte, su propia parcela de libertad de un tamaño determinado por el poder que pueda ejercer en ese juego, originando individuos que son dominados debido a su necesidad de ayuda para sobrevivir.
Más que a una sociedad en la que cada cual logre su parcela de libertad, debe aspirarse a una sociedad que, en la medida en que anule esas relaciones de dominación, sea más libre ella misma.

Una sociedad, entendida como tejido de relaciones entre individuos, puede resultar más o menos justa- naturalmente en el sentido que esas relaciones acaben en un resultado neto favorable a los derechos de los individuos que la forman- dependiendo de la armonia de los derechos y libertades totales implicadas. Una sociedad que preserve la libertad individual a todo trance de modo que nadie impida que un individuo, en el ejercicio de su libertad ilimitada, quite la vida a otro; obtiene un resultado neto desfavorable a los individuos que la forman, aunque cada uno de ellos goce del derecho a la libertad sin trabas.

Del mismo modo que es concebible e incluso deseable una limitación menor de la libertad en favor de un resultado neto favorable a los individuos si se tienen en cuenta otros derechos, -en el ejemplo anterior, el derecho a la vida en el caso de que se limite la libertad de matar- puede resultar también concebible e incluso deseable respecto a otras cuestiones.

El liberalismo niega esta posibilidad respecto a determinados ámbitos, bajo la forma de rechazo al “intervencionismo” sin ofrecer más justificación que el hecho de que ello puede suponer una limitación de la libertad. Pero como hemos visto, también lo hace en el caso de que se impida que alguien ejerza su libertad matando a otros.

25/09/2004

Relación entre el saber y el creer.

Muchas personas abordan los debates desde la postura escéptica convencidos, o al menos dando a entender que entre la creencia y el saber solo existe un claro antagonismo. Lo mismo ocurre en lado contrario, llevando a los que en ese lado se sitúan a defender la creencia por encima del saber o a cuestionar directamente la posibilidad de que exista algo a lo que podamos llamar saber. Evidentemente, no es exactamente lo mismo saber que creer algo, pero la relación entre ambas cosas es más estrecha de lo que muchos piensan.

Fue Platón el primero en argumentar que el objeto del saber es diferente del objeto del creer en su obra "La República". Platón argumenta que el saber y el creer son capacidades distintas y que, puesto que cada capacidad del hombre tiene su propio ámbito de actuación, los objetos del saber y del creer deben ser distintos, como corresponde a capacidades distintas.

Pero parece más cierto que aquello que empieza siendo una conjetura, puede pasar a sostenerse como creencia para acabar constituyendo saber, desmintiendo las afirmaciones de Platón. No resulta difícil encontrar ejemplos. Puede conjeturarse con que el autor de un hecho determinado sea una persona concreta, para pasar a creerlo conforme se acumulan indicios, terminando por establecerse como "saber".

(En realidad, Platón, trata de establecer diferencias entre lo que el llama "saber verdadero" y la noción común de saber, correspondiendo el primer caso a un saber inmediato, adquirido por intuición o contacto directo con el objeto, en un modelo basado en la percepción. Con mayores o menores diferencias, la tradición inaugurada por Platón llega hasta nuestros días, pero esa es otra discusión, que si bien es muy interesante, resulta poco pertinente a la cuestión principal de este artículo.)

Consideremos la siguiente afirmación:

"Yo sé que x es el autor de tal hecho, pero no creo que haya sido x"

Parece evidente que existe una contradicción, si sabes que alguien es el autor de un determinado hecho, crees en ello necesariamente.

Vemos que existe una relación clara entre creer y saber, puesto que algunas creencias pueden llegar a "saber" y este no es concebible sin alguna creencia en el mismo sentido.

Podemos empezar a caracterizar el saber diciendo que contiene, necesariamente, una creencia y que, evidentemente, esa creencia ha de ser verdadera. Sin embargo, siendo necesario, no es suficiente para decidir que nos encontramos ante un ejemplo de saber.

Supongamos que nuestra creencia acerca de que alguien es el autor de un hecho procede del discurso de un fiscal especialmente hábil en la persuasión retórica y la manipulación psicológica. Para hacerlo aún más claro supongamos que el propio fiscal no está convencido de que nuestro hombre sea el autor del hecho. El hombre puede ser, efectivamente, el autor del hecho, pero nuestra creencia en ello sería "accidental", fruto de la persuasión del fiscal.

Un ejemplo más claro podemos ilustrarlo si alguien afirmara antes de un partido de fútbol que estaba convencido de que el equipo x iba a ganar ese encuentro por tal o cual resultado y efectivamente así ocurriera. Nos encontramos con una creencia verdadera, pero parece difícil aceptar que este sujeto "supiera" cual iba a ser el resultado.

Lo que echamos de menos es algún tipo de justificación, alguna razón que explique esa creencia. Una justificación de tipo epistémica, y no cualquiera, pues podríamos decir que la elocuencia del fiscal nos convenció de ello, sino buenas razones de tipo epistémico.

Llegamos finalmente a definir el saber como una creencia verdadera justificada, dejando clara la estrecha relación entre las creencias y el saber.

Esto puede entenderse si consideramos cuanto de aquello que hemos podido llamar con propiedad "saber" diferenciándolo de la simple creencia u opinión ha tenido que ser abandonado como erróneo para ser sustituido por otros saberes igualmente legitimados para ese nombre y que no pueden pasar de la categoría de provisionales. ¿Eran aquellas "representaciones del mundo" abandonadas creencias o saber, y son los que los han sustituido "saberes" o creencias?. Dada nuestra caracterización del saber, sin duda pueden ser llamadas con toda propiedad "saberes".

Faltaría definir el concepto de verdad y los criterios de justificación, tarea polémica que tal vez en otra ocasión abordemos.
25/09/2004 20:13 Enlace permanente. Tema: Saber-Creer Hay 52 comentarios.

28/09/2004

Las dudas del escéptico.

Ya hemos hablado del escepticismo aquí y aquí .Y existe un documento bastante ilustrativo al respecto en la página de ARP-SAPC llamado Manifiesto Escéptico.

Pero quiero hablar hoy de otro aspecto del escepticismo que me ha surgido a partir de una conversación en The Cydonia Herald.

Se refiere a un malentendido según el cual el escéptico coherente con esa actitud suspende el juicio ante cualquier afirmación no comprobada. Si alguien nos confiara haber visto un burro volando, por ejemplo, no deberíamos dudar instantáneamente de su cordura o su sinceridad y rechazar por falsa esa afirmación. El escéptico debe ser prudente por definición, la duda es su guía, y no se inclina hacia ninguna alternativa en tanto no pueda comprobar por sí mismo o por otras medios cada una de las afirmaciones que se le ofrecen.

Desde luego la duda y la suspensión del juicio forman parte del arsenal de recursos escéptico, pero tiene su ámbito de aplicación.

La suspensión del juicio tiene sentido solo en el caso de que dos afirmaciones merezcan la misma credibilidad. Ante afirmaciones para las que poseemos suficientes elementos de juicio, conocimientos técnicos, documentación o el simple recurso a principios como la Navaja de Occam, o que resulten manifiestamente contrarias a saberes sólidos, mantener la duda y la suspensión del juicio no es algo legítimo. No precisamos investigar todas y cada una de las afirmaciones que se nos hacen- naturalmente, uno debe asegurarse de lo que su interlocutor dice realmente. Puede ocurrir, por ejemplo, que no diga que vió literalmente a un burro volando, sino que vió a un burro suspendido por un cable a un globo aerostático-, algunas de esas afirmaciones son manifiestamente absurdas respecto a esos principios y saberes, y no es preciso recurrir a ejemplos tan claros como el del burro aeronauta.

Y, en todo caso, lo que el escéptico dice es que ese tipo de afirmaciones son ilegítimas. El escéptico niega que nadie tenga suficientes elementos de juicio para afirmar que la telepatía existe, por ejemplo, y, aplicando esos principios de los que hablamos, está legitimado para que su actitud hacia esa afirmación equivalga en la práctica a que hubieran sido demostradas falsas.
28/09/2004 19:18 Enlace permanente. Tema: Saber-Creer Hay 9 comentarios.

29/09/2004

Escalofrio libre

Leí muy joven "1984" de Orwell, por entonces estaba deslumbrado por la ciencia-ficción y como tal se publicitaba ese libro. Incluso para una mente tan joven como la mía, el impacto fué tremendo. Recuerdo cuando, haciendo el servicio militar, llegó por fin la fecha, el año 1984. Pensé que, afortunadamente, nada de lo escrito por Orwell había ocurrido. No sé si todo el mundo estará de acuerdo en que la libertad sigue "libre".

Un fragmento especialmente ilustrativo de 1984, de Orwell:

"- ¿Recuerdas haber escrito en tu Diario: "la libertad es poder decir que dos más dos son cuatro"?

- Sí - dijo Winston.

O'Brien levantó la mano izquierda, con el reverso hacia Winston, y escondiendo el dedo pulgar extendió los otros cuatro.

- ¿Y si el Partido dice que no son cuatro sino cinco? Entonces, ¿cuántos hay?

- Cuatro.

La palabra terminó con un espasmo de dolor. La aguja de la esfera había subido a cincuenta y cinco. A Winston le sudaba todo el cuerpo. Aunque apretaba los dientes, no podía evitar los roncos gemidos. O'Brien lo contemplaba, con los cuatro dedos todavía extendidos. Soltó la palanca y el dolor, aunque no desapareció del todo, se alivió bastante.

- ¿Cuántos dedos, Winston?

- Cuatro.

La aguja subió a sesenta.

- ¿Cuántos dedos, Winston?

- ¡¡Cuatro!! ¡¡Cuatro!! ¿Qué voy a decirte? ¡Cuatro!

La aguja debía marcar más, pero Winston no la miró. El rostro severo y pesado y los cuatro dedos ocupaban por completo su visión. Los dedos, ante sus ojos, parecían columnas, enormes, borrosos y vibrantes, pero seguían siendo cuatro, sin duda alguna.

- ¿Cuántos dedos, Winston?

- ¡¡Cuatro!! ¡Para eso, para eso! ¡No sigas, es inútil!

- ¿Cuántos dedos, Winston?

- ¡Cinco! ¡Cinco! ¡Cinco!

- No, Winston; así no vale. Estás mintiendo. Sigues creyendo que son cuatro. Por favor, ¿cuántos dedos?

- ¡¡Cuatro!! ¡¡Cinco!! ¡¡Cuatro!! Lo que quieras, pero termina de una vez. Para este dolor."


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