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Se muestran los artículos pertenecientes a Julio de 2004.
02/07/2004
¿Podemos saber?Existe un escepticismo radical del cual nacen el relativismo y el solipsismo. Se basa en la imposibilidad de demostración lógica de la existencia de un mundo exterior a la mente. Hay otro escepticismo que acepta la existencia de un mundo exterior pero cuestiona que se pueda obtener algún conocimiento fiable del mismo debido a que no lo aprehendemos directamente, sino por mediación de nuestros sentidos y con la participación de un proceso mental previo a la misma aprehensión y conversión en conocimiento.
Ambos escepticismos radicales tienen razón, no existe un proceso lógico que establezca de manera definitiva y segura que exista un mundo exterior ni podemos, en todo caso, obtener un conocimiento inmediato de él. Ni siquiera el "cogito ergo sum" cartesiano resiste un buen examen escéptico.
Pero del reconocimiento de estas dificultades no se sigue, como pretenden estos escépticos radicales ni los solipsistas y relativistas, la consecuencia lógica de que no exista un mundo exterior o que el conocimiento sobre el mismo sea imposible. De la misma manera que no existe un razonamiento lógico impecable y definitivo que establezca lo primero, tampoco existe para afirmar lo segundo. Y puesto que una de las dos alternativas, con los matices que se quieran, ha de ser correcta, debemos aceptar una y rechazar otra, no desde el simple momento en que se plantea la dificultad, pues como vemos no favorece ni a una ni a otra, sino que tendremos que estudiar nuestra misma mente, el mundo que representa y la relación entre ambos.
Es decir, no podemos demostrar, en el sentido lógico o matemático, que el mundo existe o que no existe, ni que podamos extraer conocimiento de él o que no podamos, pero, desde el momento en que cualquiera de esas proposiciones pretenden saber algo del mundo y la mente, aún siendo para negarlo, se establece que es posible conocer algo.
Naturalmente, nadie es realmente un escéptico radical. Quien discute contigo no cree realmente que este discutiendo con una proyección de su mente, y nadie en su sano juicio cree que puede dejar de alimentarse o beber sin morir, o que nada le ocurrirá si se para ante una locomotora lanzada a 250 kilómetros por hora. Lo que el escéptico radical pretende es cuestionar el conocimiento científico o al menos alguna de sus afirmaciones.
Pero ese es el principal problema del escéptico radical, la dificultad que esgrime es aplicable a todo, al MUNDO como totalidad o al conocimiento de CUALQUIER aspecto de la realidad. Y lo mismo cabe decir del relativista, si afirma que el conocimiento científico es solo una construcción social o cultural propia de cada grupo, y que todas tiene el mismo contenido de verdad, lo mismo cabe decir de cualquier afirmación de conocimiento del mundo realizada en el seno de cada grupo incluida su propia afirmación de que el conocimiento es relativo, que sería tan cierta como aquella que afirma que es absoluto.
Pero no se puede aceptar que se puede extraer algún conocimiento del mundo sin aceptar que esa extracción será más o menos fiable dependiendo de las condiciones concretas en las que se realiza y de otras características determinadas. Lo cual nos lleva a la necesidad de una metodología que nace del simple estudio sistemático de esas condiciones y características.
Ese estudio milenario ha producido el más potente sistema de conocimiento, la ciencia, que ha probado su eficacia por sus mismos productos, tanto teóricos como tecnológicos. Los primeros con su capacidad de predicciones cumplidas, algo dudoso si no fuera sólido en alguna medida, y los segundos simplemente funcionando, lo cual no puede ser asignado con facilidad a la ilusión o la casualidad.
Una vez aceptada la disolución de la dificultad general del conocimiento, es decir, una vez rechazadas las afirmaciones solipsistas y relativistas, y aceptado el hecho de que existe un mundo exterior a nuestra mente y que puede conocerse algo del mismo, no cabe ya referencia a ella en ninguna circunstancia, algo que ocurre con cierta frecuencia.
No puede hablarse vagamente de que nada es seguro, pues lo hemos rechazado implícitamente al reconocer un mundo y buscar conocerlo. Aquello que se ponga en duda en cuanto a su valor como saber, debe hacerse desde el cuestionamiento lógico y metodológico de cada afirmación concreta, no desde el recurso a esa dificultad general que ya hemos rechazado.
05/07/2004
Religión y el origen de la vida.En el debate entre la religión y la ciencia existe un punto especialmente crítico en torno al origen de la vida. La religión centra sus esfuerzos en negar la posibilidad de que la vida pueda surgir de la materia inanimada. Todos hemos escuchado alguna vez ciertos cálculos estadísticos que, supuestamente, descartan cualquier posibilidad a un suceso como ese o, al menos, lo hacen tan improbable que es irracional defenderlo. (*)
Puede parecer que eso ha sido siempre así, que los cristianos, por ejemplo, han defendido siempre que el único mecanismo por el que un organismo puede aparecer es mediante la reproducción sexual o asexual de otro organismo preexistente, lo cual lleva inexorablemente a uno o a una pareja de organismos como mínimo creadas especialmente por un ser supremo.
Sin embargo, no es así.
Durante siglos, las distintas confesiones cristianas y la propia Biblia han defendido y nunca han enfrentado la existencia de un mecanismo capaz de engendrar seres vivos desde la materia inerte. El abandono de la defensa de ese mecanismo, como tantas otras cuestiones, se ha debido al rechazo del mismo desde la Ciencia.
Se trata de la vieja y hoy desacreditada hipótesis de la generación espontánea.
En el libro de los Jueces, en su capítulo 14, por ejemplo, podemos leer como todo un enjambre de abejas es creado por los despojos de un león. Basilio de Cesarea escribió que los animales y las plantas habían surgido del seno de la Tierra. San Agustín, que la generación espontánea era una manifestación del arbitrio de Dios. Santo Tomás de Aquino defendió que los reptiles nacen del fango marino putrefacto. Demetrio defendió igualmente la generación espontánea. Que los insectos, especialmente moscas, y los gusanos surgían de la carne putrefacta fué una creencia sostenida y nunca rechazada por la Iglesia, que llegó a manifestar respecto a Aristóteles, el defensor por excelencia de la generación espontánea, que se trataba de un “precursor de Cristo en los problemas de las ciencias naturales” Tampoco las iglesias protestantes se manifestaron nunca contra esas creencias y en sus ámbitos de predominio eran ideas igualmente admitidas.
Vemos que ni la propia Biblia ni las confesiones religiosas se han opuesto “desde siempre”a la idea de un mecanismo natural, obediente a las leyes físicas y químicas, capaz de engendrar vida. Como hacen la mayoría de confesiones moderadas, católicas y protestantes, con el mecanismo evolutivo, ese fué integrado en el sistema de creencias religiosas e incluso defendido por ellas.
La probabilidad de que de nuevo tengan que hacerlo crece conforme avanza el conocimiento científico. En cualquier caso, es falso que la religión tenga que enfrentarse necesariamente a este tipo de origen de la vida y, desde luego, que siempre lo haya hecho.
(*) Esos cálculos se basan en supuestos equivocados que ignoran la influencia de las leyes químicas y físicas que impiden que se trate de un proceso de azar puro.
13/07/2004
Lo natural.Parece existir una exaltación de lo “natural” que lo hace equivaler a lo genuino, lo superior o, incluso, lo éticamente aceptable.
Si por natural se entiende aquello que existe sin intervención del hombre, lo natural queda muy restringido. Una cocción de hierbas requiere de un proceso artificial que implica el uso del fuego, del agua y de recipientes y que es resultado de un razonamiento que no es, ni mucho menos, evidente. Por otra parte, reducir una fractura abierta en una pierna es un proceso artificial de origen cultural que evita los efectos de no intervenir: una muy natural cojera para toda la vida.
A veces se opone lo natural a lo sintético, a aquello que ha sido sintetizado químicamente. De nuevo, en esencia, cocer plantas en agua es un proceso químico. No está claro que hay en ese proceso que sea sustancialmente diferente de cualquier otro más complejo. Además, ese proceso puede consistir en eliminar los muy naturales efectos tóxicos de ciertas plantas. La síntesis química presenta evidentes ventajas frente al simple consumo de hierbas. En el proceso químico, el principio activo cuyo efecto se desea está plenamente identificado y se encuentra en la dosis requerida. Las hierbas, además de contener otros principios activos que causan igualmente efectos secundarios, contienen esos principios en concentraciones variables, dependiendo de varios factores, como el terreno en el que crecen o la cantidad de agua que reciben.
Desear una vida sana, plena y digna y hacer lo posible por ello con las facultades de las que el hombre dispone no es condenable, ni falso en ningún sentido. Ni hay nada intrínseco en lo natural que lo haga superior de ninguna manera a lo artifical.
20/07/2004
¿Para que sirve la Filosofía?Desde el principio, el hombre se ha enfrentado al mundo y a sí mismo intentando conocer ambos. Y desde el principio, su capacidad para ello ha parecido dudosa. De esa duda parten dos corrientes generales.
Una pretende que, al menos en lo que se refiere a ciertas cuestiones, el hombre no puede conocer por sí mismo, sino por medios distintos a los que provee la facultad racional humana. Más que aprehender el mundo, el hombre puede ser informado sobre él. Las respuestas están disponibles para el hombre, y solo pueden serle reveladas mediante determinadas búsquedas. A esta postura pertenecen la religión y el esoterismo.
La otra, aún reconociendo las dificultades, las afronta y analiza y, desde ese primer paso, intenta responder. Esta última ha ido ganando terreno a la primera, reduciendo su campo de acción, aunque algunos pretenden recobrar algo de terreno mediante artificios.
La Filosofía y la Ciencia pertenecen a esta última corriente favorable a las posibilidades de las facultades humanas. La Ciencia, a su vez, ha recortado el terreno de aplicación de la Filosofía, hasta tal punto y con tal éxito, que algunos consideran que la Filosofía es solo una curiosidad histórica. En los últimos tiempos, esto suele expresarse mediante una pregunta: ¿Para que sirve la Filosofía?
Para empezar, debe servir tanto para plantear la pregunta como para responderla, o al menos, para cualquier reflexión en relación con ella. Esta no es una pregunta científica, y no tiene respuesta de ese tipo, pero no por ello se plantea que se deba renunciar a una reflexión racional, atenta a las leyes de la argumentación y la lógica y, por tanto, filosófica.
La restricción que la Ciencia ha impuesto a la Filosofía debe entenderse como la necesidad de aplicación de ciertos criterios y métodos a determinadas categorías de problemas. Esto significa que, para determinados problemas, el uso de la metodología científica proporciona un conocimiento más fiable que cualquier otra y que los juicios científicos deben prevalecer en virtud del poder superior de sus métodos y criterios justificados por la reflexión epistémica y la experiencia.
Pero también significa que el campo científico está claramente delimitado y que, fuera de esa categoría de problemas, por muy amplia que se estime, los criterios científicos pierden fuerza y capacidad de aplicación, dejando un vasto terreno que no puede abordarse científicamente y que, de nuevo, no tiene por qué ser abandonado a las corrientes religiosas y esotéricas. Podemos estudiarlos con cierta racionalidad sistemática que también cuenta con justificación epistémica y desde la experiencia. La Ética es un buen ejemplo de campo no abordable desde la Ciencia que la tradición humanista filosófica disputa a la religión y en el que la razón tiene un lugar.
Sobre la propia Ciencia es posible reflexionar filosóficamente. De hecho toda la reflexión de ese tipo es meta científica, sobre ello hablaremos más adelante…
24/07/2004
Los Obispos y el verdadero matrimonio.El pasado 15 de Julio, la Conferencia Episcopal Española, a través de su Comité Ejecutivo, publicó una nota informativa titulada " A favor del verdadero matrimonio". Me gustaría comentarla.
Dice la nota:
(1. El pasado 29 de junio, el Congreso de los Diputados votó favorablemente una proposición no de Ley del Partido Socialista que solicita la equiparación legal plena de las uniones de personas del mismo sexo con el verdadero matrimonio. El Gobierno, por medio del Ministro de Justicia, se apresuró a anunciar que en septiembre remitirá a la Cámara un proyecto de Ley en este mismo sentido y que confía en que el llamado matrimonio homosexual sea posible legalmente ya para comienzos del año próximo. También se votaron varias proposiciones de Ley que legitimarían las uniones homosexuales de diversos modos.)
Este primer punto, simplemente descriptivo e introductorio, contiene algo interesante. Habla de equiparación legal de las uniones de personas del mismo sexo con el "verdadero matrimonio". Sin necesidad de entrar en discusiones acerca de que cosa sea el "verdadero matrimonio", queda claro que se trata de aprobar cuantas disposiciones legales se precisen para que las uniones entre homosexuales gocen de cobertura legal semejante a la que disfruta el matrimonio tradicional. No se trata de agresión alguna contra esa institución, que no se ve afectada en modo alguno por que se administren medidas jurídicas para ordenar esas uniones, que de hecho ya existen.
(2. Las personas homosexuales, como todos, están dotadas de la dignidad inalienable que corresponde a cada ser humano. No es en modo alguno aceptable que se las menosprecie, maltrate o discrimine. Es evidente que, en cuanto personas, tienen en la sociedad los mismos derechos que cualquier ciudadano y, en cuanto cristianos, están llamados a participar en la vida y en la misión de la Iglesia. Condenamos una vez más las expresiones o los comportamientos que lesionan la dignidad de estas personas y sus derechos; y llamamos de nuevo a los católicos a respetarlas y a acogerlas como corresponde a una caridad verdadera y coherente.)
Poco hay que criticar en este párrafo, no podemos hacer juicios de intención y nada se opone a creer en la sinceridad de esta declaración. En todo caso, esa llamada a la caridad, quizá menos adecuada que una a la acogida plenamente normal que no invoque ejercicios voluntaristas, sino que critique cualquier otra actitud.
(3. Con todo, ante la inusitada innovación legal anunciada, tenemos el deber de recordar también algo tan obvio y natural como que el matrimonio no puede ser contraído más que por personas de diverso sexo: una mujer y un varón. A dos personas del mismo sexo no les asiste ningún derecho a contraer matrimonio entre ellas. El Estado, por su parte, no puede reconocer este derecho inexistente, a no ser actuando de un modo arbitrario que excede sus capacidades y que dañará, sin duda muy seriamente, el bien común. Las razones que avalan estas proposiciones son de orden antropológico, social y jurídico. Las repasamos sucintamente, siguiendo de cerca las recientes orientaciones del Papa a este respecto.)
Es cierto que, si nos ceñimos a determinada definición de matrimonio, dos personas del mismo sexo no pueden constituir uno. Puede discutirse esa definición, pero, como decíamos en el primer punto, no hay necesidad alguna de discutir este punto. El Estado está capacitado para regular cualquier unión, sobre todo cuando esta ya existe como realidad social y genera derechos y obligaciones desde su misma existencia. Que esa unión sea equiparable legalmente no resta realidad al "matrimonio verdadero".
(4. a) Los significados unitivo y procreativo de la sexualidad humana se fundamentan en la realidad antropológica de la diferencia sexual y de la vocación al amor que nace de ella, abierta a la fecundidad. Este conjunto de significados personales hace de la unión corporal del varón y de la mujer en el matrimonio la expresión de un amor por el que se entregan mutuamente de tal modo, que esa donación recíproca llega a constituir una auténtica comunión de personas, la cual, al tiempo que plenifica sus existencias, es el lugar digno para la acogida de nuevas vidas personales. En cambio, las relaciones homosexuales, al no expresar el valor antropológico de la diferencia sexual, no realizan la complementariedad de los sexos, ni pueden engendrar nuevos hijos.)
No es cierto que el significado procreativo de la sexualidad humana se fundamente en "la vocación al amor que nace de la diferenciación sexual" Los ejemplos que contradicen semejante aseveración a través de las culturas y los tiempos son abrumadores. Tampoco lo es que el hecho de que dos personas del mismo sexo se unan en matrimonio genere por sí mismo un amor y una entrega desinteresada, una comunión total, como lo llama la nota, y mucho menos que cree un seno de acogida digno de manera automática para nuevos seres vivos. Eso es ideología, no es antropología. Las relaciones homosexuales pueden no "expresar el valor antropológico de la diferencia sexual", pero nada impide que exprese el de amor, entrega y comunión de personas.
(A veces se arguye en contra de estas afirmaciones que la sexualidad puede ir hoy separada de la procreación y que, de hecho, así sucede gracias a las técnicas que, por una parte, permiten el control de la fecundidad y, por otra, hacen posible la fecundación en los laboratorios. Sin embargo, será necesario reconocer que estas posibilidades técnicas no pueden ser consideradas como sustitutivo válido de las relaciones personales íntegras que constituyen la rica realidad antropológica del verdadero matrimonio. La tecnificación deshumanizadora de la vida no es un factor de verdadero progreso en la configuración de las relaciones conyugales, de filiación y de fraternidad.)
Esto es jugar al todo o nada. Se elige el mejor de los ejemplos de una de las opciones y se le opone el peor de los de la otra alternativa. Si alguien invoca un ejemplo de matrimonio en el que el hecho de que exista la capacidad de fecundidad y relación personal íntegra no supone un elemento de progreso en las relaciones conyugales o de filiación, se dice que ese no es un verdadero matrimonio y listo. Pero todos sabemos que muchas veces esa realización plena se ve comprometida por cuestiones de incapacidad natural de procreación que la técnica puede solucionar, siendo en ese caso un factor coadyuvante para ese progreso de las relaciones. La tecnificación de un aspecto de la vida humana no supone el de todos los aspectos de esa vida. Un marcapasos no supone mella en la dignidad de nadie, por ejemplo.
(El bien superior de los niños exige, por supuesto, que no sean encargados a los laboratorios, pero tampoco adoptados por uniones de personas del mismo sexo. No podrán encontrar en estas uniones la riqueza antropológica del verdadero matrimonio, el único ámbito donde, como Juan Pablo II ha recordado recientemente al Embajador de España ante la Santa Sede, las palabras padre y madre pueden “decirse con gozo y sin engaño”. No hay razones antropológicas ni éticas que permitan hacer experimentos con algo tan fundamental como es el derecho de los niños a conocer a su padre y a su madre y a vivir con ellos, o, en su caso, a contar al menos con un padre y una madre adoptivos, capaces de representar la polaridad sexual conyugal. )
El uso de lenguaje emocional- niños encargados a los laboratorios- no oculta el hecho de que son recibidos con la misma alegría y el mismo anhelo, sino superior en muchos casos, que los "encargados" según el método tradicional. Nada hay en las técnicas de fecundación que impliquen un menoscabo de la dignidad del niño, y la felicidad del mismo no depende del método por el que las células sexuales de sus progenitores se unieron, sino de circunstancias bien diferentes. Muchos niños no son adoptados, por su edad o por otras circunstancias, y parece preferible que sean adoptados pro personas que anhelan dar y recibir amor de ellos, a que crezcan en hospicios, ajenos a esa posibilidad.
( La figura del padre y de la madre es fundamental para la neta identificación sexual de la persona. Ningún estudio ha puesto fehacientemente en cuestión estas evidencias.)
No es cierto que eso sea una evidencia. Lo que parece evidente es que, al igual que el sexo de una persona, la identidad sexual venga determinada en primer lugar de manera natural. El entorno social y cultural, antes que el paterno, influye mucho más en la identidad sexual, pero sobre todo confundiéndola. Los niños criados en orfanatos no presentan ningún rasgo significativo o anormal en su identidad sexual. Ningún estudio ha puesto fehacientemente en cuestión esta evidencia.
(b) La relevancia del único verdadero matrimonio para la vida de los pueblos es tal, que difícilmente se pueden encontrar razones sociales más poderosas que las que obligan al Estado a su reconocimiento, tutela y promoción. Se trata, en efecto, de una institución más primordial que el Estado mismo, inscrita en la naturaleza de la persona como ser social. La historia universal lo confirma: ninguna sociedad ha dado a las relaciones homosexuales el reconocimiento jurídico de la institución matrimonial. El matrimonio, en cuanto expresión institucional del amor de los cónyuges, que se realizan a sí mismos como personas y que engendran y educan a sus hijos, es la base insustituible del crecimiento y de la estabilidad de la sociedad. No puede haber verdadera justicia y solidaridad si las familias, basadas en el matrimonio, se debilitan como hogar de ciudadanos de humanidad bien formada. Si el Estado procede a dar curso legal a un supuesto matrimonio entre personas del mismo sexo, la institución matrimonial quedará seriamente afectada. Fabricar moneda falsa es devaluar la moneda verdadera y poner en peligro todo el sistema económico. De igual manera, equiparar las uniones homosexuales a los verdaderos matrimonios, es introducir un peligroso factor de disolución de la institución matrimonial y, con ella, del justo orden social. Se dice que el Estado tendría la obligación de eliminar la secular discriminación que los homosexuales han padecido por no poder acceder al matrimonio. Es, ciertamente, necesario proteger a los ciudadanos contra toda discriminación injusta. Pero es igualmente necesario proteger a la sociedad de las pretensiones injustas de los grupos o de los individuos. No es justo que dos personas del mismo sexo pretendan casarse. Que las leyes lo impidan no supone discriminación alguna. En cambio, sí sería injusto y discriminatorio que el verdadero matrimonio fuera tratado igual que una unión de personas del mismo sexo, que ni tiene ni puede tener el mismo significado social. Conviene notar que, entre otras cosas, la discriminación del matrimonio en nada ayudará a superar la honda crisis demográfica que padecemos.)
Se hace difícil ver como la regulación de las uniones entre personas del mismo sexo pueda atentar contra la familia tradicional a pesar de la oscura analogía de las monedas falsas. Es como si los obispos pensaran que la regulación originará una realidad ahora inexistente. Sin embargo es al contrario, las parejas no tradicionales con miembros del mismo o de diferente sexo existen ya y están ampliamente extendidas, como también lo está una cierta desvalorización del matrimonio tradicional en sus aspectos legales y religiosos. De esa presencia extensa y creciente nace precisamente la necesidad de regularización. Que se regularice la vida en pareja de personas que no pueden reproducirse no afecta más que la existencia de personas célibes por voluntad propia protegidas por leyes especiales, a pesar del actual problema demográfico. No es en absoluto incompatible una regularización de la situación de esas parejas con una legislación que proteja las familias tradicionales. No puede esperarse del hecho de que las parejas homosexuales no tengan protección legal que sus componentes se decidan por formar una tradicional. Equiparados o no, el matrimonio "verdadero" está en decadencia, tal vez los más interesados en conservarlo deberían ser los primeros en preguntarse por las causas reales de ello.
(c) Se alegan también razones de tipo jurídico para la creación de la ficción legal del matrimonio entre personas del mismo sexo. Se dice que ésta sería la única forma de evitar que no pudieran disfrutar de ciertos derechos que les corresponden en cuanto ciudadanos. En realidad, lo justo es que acudan al derecho común para obtener la tutela de situaciones jurídicas de interés recíproco. En cambio, se debe pensar en los efectos de una legislación que abre la puerta a la idea de que el matrimonio entre un varón y una mujer sería sólo uno de los matrimonios posibles, en igualdad de derechos con otros tipos de matrimonio. La influencia pedagógica sobre las mentes de las personas y las limitaciones, incluso jurídicas, de sus libertades que podrán suscitarse serán sin duda muy negativas. ¿Será posible seguir sosteniendo la verdad del matrimonio, y educando a los hijos de acuerdo con ella, sin que padres y educadores vean conculcado su derecho a hacerlo así por un nuevo sistema legal contrario a la razón? ¿No se acabará tratando de imponer a todos por la pura fuerza de la ley una visión de las cosas contraria a la verdad del matrimonio?) Existen problemas específicos de la relación de convivencia de tipo legal, económico, de derechos patrimoniales, etc, que en el caso de las parejas homosexuales no están contemplados. No se trata, como decíamos de crear esas parejas, que ya existen, sino de que sus problemas sean legalmente contemplados y resueltos y de facilitar la normalidad de una situación que es un hecho en la sociedad. La "verdad del matrimonio" está en entredicho a causa de la existencia de esas parejas y de otras, es esa presunta "verdad" la que trata de imponerse sobre la base de mantenerlas en la ilegalidad.
(5. Pensamos, pues, que el reconocimiento jurídico de las uniones homosexuales y, más aún, su equiparación con el matrimonio, constituiría un error y una injusticia de muy negativas consecuencias para el bien común y el futuro de la sociedad. Naturalmente, sólo la autoridad legítima tiene la potestad de establecer las normas para la regulación de la vida social. Pero también es evidente que todos podemos y debemos colaborar con la exposición de las ideas y con el ejercicio de actuaciones razonables a que tales normas respondan a los principios de la justicia y contribuyan realmente a la consecución del bien común. Invitamos, pues, a todos, en especial a los católicos, a hacer todo lo que legítimamente se encuentre en sus manos en nuestro sistema democrático para que las leyes de nuestro País resulten favorables al único verdadero matrimonio. En particular, ante la situación en la que nos encontramos, “el parlamentario católico tiene el deber moral de expresar clara y públicamente su desacuerdo y votar contra el proyecto de ley” que pretenda legalizar las uniones homosexuales.)
No está establecida, ni mucho menos, esa presunta injusticia, como ya hemos comentado, ni se abandona a la familia tradicional por prestar esa cobertura a esas parejas. Más bien parece una injusticia el abandono de esas personas y de su precaria condición como parejas.
Los parlamentarios, católicos o no, tienen un compromiso con aquellos a quienes representan. En su calidad de parlamentarios, solo ese compromiso deben atender. No pretendemos que ese compromiso pueda resumirse ingenuamente en "atender la voluntad de los electores", es algo mucho más complejo. Es un derecho y un deber, como dice la nota, participar en la formación de opinión acerca de las necesidades sociales, siempre que se trate de una mera invitación. No es legítimo, en cambio, llamar a obedecer autoridades supuestamente superiores que solo se reconocen como miembro de determinadas ideologías, religiosas o no. Si un parlamentario encuentra conflicto a causa de esto, no debe resolverlo sino renunciando a su representación.
(6. La institución matrimonial, con toda la belleza propia del verdadero amor humano, fuerte y fértil, también en medio de sus fragilidades, es muy estimada por todos los pueblos. Es una realidad humana que responde al plan creador de Dios y que, para los bautizados, es sacramento de la gracia de Cristo, el esposo fiel que ha dado su vida por la Iglesia, haciendo de ella una madre feliz y fecunda de muchos hijos. Precisamente por eso, la Iglesia reconoce el valor sagrado de todo matrimonio verdadero, también del que contraen quienes no profesan nuestra fe. Junto con muchas personas de ideologías y de culturas muy diversas, estamos empeñados en fortalecer la institución matrimonial, ante todo, ofreciendo a los jóvenes ejemplos que seguir e impulsos que secundar. En este proyecto de una civilización del amor las personas homosexuales serán respetadas y acogidas con amor. Invocamos para todos la bendición de Dios y la ayuda de Santa María y de San José.)
Este es un caso de exposición ideológica que no es objeto de comentario en este artículo. Solo recordar que la institución a la que pertenecen los obispos parece proteger la institución matrimonial por encima del verdadero amor humano y, en ocasiones, en contra del mismo.
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