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Problemillas

Llamamiento racional

INVITACIÓN - RECOGIDA DE FIRMAS

"El mayor misterio de la parapsicología."

"Un enigma sin explicación racional."


Frases así han abundado últimamente en los medios de comunicación acerca del caso supuestamente paranormal de las caras de Bélmez, tanto las nuevas como las ya antiguas. En ningún caso se dio al público una información alternativa y crítica ni una opinión escéptica y racional a pesar de que es muy fácil hallarla.

La falta de espacio en los medios para la información racional sobre los falsos misterios y la pseudociencia provoca la desinformación y deja el terreno abonado para el abuso de charlatanes, vividores y timadores. Incluso cuando sus fraudes y mentiras han sido descubiertos siguen siendo promocionados desde los medios de comunicación. El espectador se encuentra así desinformado y manipulado por una especie de "monopolio mediático del misterio" cuyos contenidos no puede juzgar con libertad.

Quieres contribuir a un llamamiento a los medios para que abran sus puertas a otras explicaciones y visiones de estos sucesos? Lee el comunicado al respecto y únete a él con tu nombre y DNI en:

http://www.ipetitions.com/campaigns/belmez2004

Este comunicado estará acompañado de un dossier que se está preparando sobre el tema y se enviará a todos los medios de comunicación españoles el día 20 de noviembre, por lo que te agradeceremos que, si deseas firmarlo, lo hagas de inmediato.
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Homosexualidad natural.

Uno de los reproches más repetidos contra la homosexualidad es su pretendido carácter contranatural.

No siempre está claro que se quiere decir con ese reproche pero, en general, suele adoptar una forma que empieza con la afirmación de que no es posible encontrar ejemplos, o son muy raros, de animales que la practiquen como soporte para la afirmación de que la función del sexo es la reproducción, terminando por aducir que, en consecuencia, la homosexualidad es un vicio, una enfermedad o, en todo caso, una anormalidad.

Las prácticas homosexuales entre animales no son tan raras como se pretende. José Martins, responsable del proyecto 'Delfín Rotador', ha documentado las relaciones homosexuales entre los delfines de la especie Stenella longirostris, afirmando que son habituales en los dos sexos. Bruce Bagemihl, en su libro “Biological Exuberance” asegura que la homosexualidad ha sido observada en 450 especies, en todos y cada uno de los grandes grupos animales; es decir, desde las moscas hasta los elefantes.

Ambos investigadores coinciden en afirmar que los animales usan de prácticas cuyo único objetivo es el placer sexual y afectivo y que no llevan aparejada la función reproductora. En el caso de Martins, se ha documentado la estimulación del pene por parte de los machos y de las hembras, incluida la felación. Bagemihl muestra ejemplos de animales que se masturban, usan herramientas para el estímulo sexual, usan del control natal, provocan el aborto, cambian de sexo- tanto hermafroditismo como transexualismo- forman parejas homosexuales y practican la adopción.

Pero si no existieran esos ejemplos, de ser una práctica exclusivamente humana, la homosexualidad se uniría a aquellas que también lo son. Que no aparecieran ejemplos de homosexualidad en el resto de los animales no convierte necesariamente en contranatural la homosexualidad, en todo caso la convertiría en una tendencia característica de la naturaleza humana.

Pero lo más sorprendente de ese reproche lo constituye para mí que casí siempre lo exiben aquellos que al mismo tiempo reclaman la unicidad de la especie humana en superar las ataduras de la naturaleza, en ser los únicos capaces de vencer sus instintos y actuar en contra de los mismos. Para estas personas, enfrentar los instintos naturales, por el mismo hecho de hacerlo, tanto puede constituir una afrenta a la dignidad como una hazaña heroíca.

¿No son los mismos que hablan del valor que supone ser una minoría a la hora de sostener ciertos principios en contra de la tendencia mayoritaría de la sociedad? ¿Es un vicio, una enfermedad, o en todo caso, una anormalidad ser casto?

Que se mueran los feos.

Vivimos tiempos difíciles para los feos. Sobre todo porque ya no está nada claro quien es feo y quien no.

Antes uno era feo independientemente de su actividad o de su actitud vital. Uno podía ser feo y resultar atractivo o interesante. En realidad, uno podía estar seguro de ser feo si decían de él que era atractivo o interesante. Hoy en día la cosa se ha complicado.

Por ejemplo, uno ya no "es" feo, ahora "está" feo. Es una extensión de una cuestión médica y fisiológica. La gente no es gorda, está gorda.

De este modo, como uno puede elegir no estar gordo, también puede elegir no estar feo.

Otro ejemplo: uno no es viejo, está viejo. Podemos elegir no estar viejos.

Este descubrimiento ha sido admirablemente condensado en una frase que es un prodigio de la capacidad demostrada por la publicidad moderna para resumir filosofías (igualmente modernas): "No pesan los años, pesan los kilos".

Estás viejo y gordo porque quieres, amigo, puedes ser muy guapo, tanto como quien sostiene el producto anunciado en el spot publicitario.

Y para completar el círculo, la técnica proporciona la solución perfecta a problemas como puedan ser órganos faciales de dimensiones con medidas inapropiadas. O para órganos corporales de dimensiones escasas. Vamos, que puedes operarte la nariz, perfilar y engrosar tus labios, o ponerte unas tetas estupendas.

Por supuesto tampoco eres delgado, sino que estás delgado, "te falta masa muscular", para ser exactos.

La actitud positiva que conduce al nuevo estado perfecto se llama "ponerse en forma".

La resonancia médica de una frase así proporciona el antídoto contra acusaciones de ser una actitud frívola. No se trata de una mera cuestión estética, es por tu salud. Física y mental. La revolución del culto al cuerpo no necesita coartadas, lo pide el cuerpo.

Algunos detalles pueden ignorarse con elegancia. Por ejemplo, la obesidad se diagnostica a partir de ciertos parámetros con cierta tolerancia. Uno puede alejarse de su peso ideal en un sentido u otro y no padecer obesidad o padecer falta de tono muscular. O se desprecian con no menos elegancia recurriendo a que la actividad que conduce a la consecución del peso ideal proporciona, de algún modo, la actitud correcta desde un punto de vista psicológico de la salud. El pensamiento positivo es positivo el mismo, oiga.

El feo, en el nuevo sentido, es alguien que no tiene la actitud psicológica correcta y cuyos hábitos de vida perjudican la salud. El feo, señores, es culpable de su fealdad.

Los Obispos y el verdadero matrimonio.

El pasado 15 de Julio, la Conferencia Episcopal Española, a través de su Comité Ejecutivo, publicó una nota informativa titulada " A favor del verdadero matrimonio". Me gustaría comentarla.

Dice la nota:

(1. El pasado 29 de junio, el Congreso de los Diputados votó favorablemente una proposición no de Ley del Partido Socialista que solicita la equiparación legal plena de las uniones de personas del mismo sexo con el verdadero matrimonio. El Gobierno, por medio del Ministro de Justicia, se apresuró a anunciar que en septiembre remitirá a la Cámara un proyecto de Ley en este mismo sentido y que confía en que el llamado matrimonio homosexual sea posible legalmente ya para comienzos del año próximo. También se votaron varias proposiciones de Ley que legitimarían las uniones homosexuales de diversos modos.)

Este primer punto, simplemente descriptivo e introductorio, contiene algo interesante. Habla de equiparación legal de las uniones de personas del mismo sexo con el "verdadero matrimonio". Sin necesidad de entrar en discusiones acerca de que cosa sea el "verdadero matrimonio", queda claro que se trata de aprobar cuantas disposiciones legales se precisen para que las uniones entre homosexuales gocen de cobertura legal semejante a la que disfruta el matrimonio tradicional. No se trata de agresión alguna contra esa institución, que no se ve afectada en modo alguno por que se administren medidas jurídicas para ordenar esas uniones, que de hecho ya existen.

(2. Las personas homosexuales, como todos, están dotadas de la dignidad inalienable que corresponde a cada ser humano. No es en modo alguno aceptable que se las menosprecie, maltrate o discrimine. Es evidente que, en cuanto personas, tienen en la sociedad los mismos derechos que cualquier ciudadano y, en cuanto cristianos, están llamados a participar en la vida y en la misión de la Iglesia. Condenamos una vez más las expresiones o los comportamientos que lesionan la dignidad de estas personas y sus derechos; y llamamos de nuevo a los católicos a respetarlas y a acogerlas como corresponde a una caridad verdadera y coherente.)

Poco hay que criticar en este párrafo, no podemos hacer juicios de intención y nada se opone a creer en la sinceridad de esta declaración. En todo caso, esa llamada a la caridad, quizá menos adecuada que una a la acogida plenamente normal que no invoque ejercicios voluntaristas, sino que critique cualquier otra actitud.

(3. Con todo, ante la inusitada innovación legal anunciada, tenemos el deber de recordar también algo tan obvio y natural como que el matrimonio no puede ser contraído más que por personas de diverso sexo: una mujer y un varón. A dos personas del mismo sexo no les asiste ningún derecho a contraer matrimonio entre ellas. El Estado, por su parte, no puede reconocer este derecho inexistente, a no ser actuando de un modo arbitrario que excede sus capacidades y que dañará, sin duda muy seriamente, el bien común. Las razones que avalan estas proposiciones son de orden antropológico, social y jurídico. Las repasamos sucintamente, siguiendo de cerca las recientes orientaciones del Papa a este respecto.)

Es cierto que, si nos ceñimos a determinada definición de matrimonio, dos personas del mismo sexo no pueden constituir uno. Puede discutirse esa definición, pero, como decíamos en el primer punto, no hay necesidad alguna de discutir este punto. El Estado está capacitado para regular cualquier unión, sobre todo cuando esta ya existe como realidad social y genera derechos y obligaciones desde su misma existencia. Que esa unión sea equiparable legalmente no resta realidad al "matrimonio verdadero".

(4. a) Los significados unitivo y procreativo de la sexualidad humana se fundamentan en la realidad antropológica de la diferencia sexual y de la vocación al amor que nace de ella, abierta a la fecundidad. Este conjunto de significados personales hace de la unión corporal del varón y de la mujer en el matrimonio la expresión de un amor por el que se entregan mutuamente de tal modo, que esa donación recíproca llega a constituir una auténtica comunión de personas, la cual, al tiempo que plenifica sus existencias, es el lugar digno para la acogida de nuevas vidas personales. En cambio, las relaciones homosexuales, al no expresar el valor antropológico de la diferencia sexual, no realizan la complementariedad de los sexos, ni pueden engendrar nuevos hijos.)

No es cierto que el significado procreativo de la sexualidad humana se fundamente en "la vocación al amor que nace de la diferenciación sexual" Los ejemplos que contradicen semejante aseveración a través de las culturas y los tiempos son abrumadores. Tampoco lo es que el hecho de que dos personas del mismo sexo se unan en matrimonio genere por sí mismo un amor y una entrega desinteresada, una comunión total, como lo llama la nota, y mucho menos que cree un seno de acogida digno de manera automática para nuevos seres vivos. Eso es ideología, no es antropología. Las relaciones homosexuales pueden no "expresar el valor antropológico de la diferencia sexual", pero nada impide que exprese el de amor, entrega y comunión de personas.

(A veces se arguye en contra de estas afirmaciones que la sexualidad puede ir hoy separada de la procreación y que, de hecho, así sucede gracias a las técnicas que, por una parte, permiten el control de la fecundidad y, por otra, hacen posible la fecundación en los laboratorios. Sin embargo, será necesario reconocer que estas posibilidades técnicas no pueden ser consideradas como sustitutivo válido de las relaciones personales íntegras que constituyen la rica realidad antropológica del verdadero matrimonio. La tecnificación deshumanizadora de la vida no es un factor de verdadero progreso en la configuración de las relaciones conyugales, de filiación y de fraternidad.)

Esto es jugar al todo o nada. Se elige el mejor de los ejemplos de una de las opciones y se le opone el peor de los de la otra alternativa. Si alguien invoca un ejemplo de matrimonio en el que el hecho de que exista la capacidad de fecundidad y relación personal íntegra no supone un elemento de progreso en las relaciones conyugales o de filiación, se dice que ese no es un verdadero matrimonio y listo. Pero todos sabemos que muchas veces esa realización plena se ve comprometida por cuestiones de incapacidad natural de procreación que la técnica puede solucionar, siendo en ese caso un factor coadyuvante para ese progreso de las relaciones. La tecnificación de un aspecto de la vida humana no supone el de todos los aspectos de esa vida. Un marcapasos no supone mella en la dignidad de nadie, por ejemplo.

(El bien superior de los niños exige, por supuesto, que no sean encargados a los laboratorios, pero tampoco adoptados por uniones de personas del mismo sexo. No podrán encontrar en estas uniones la riqueza antropológica del verdadero matrimonio, el único ámbito donde, como Juan Pablo II ha recordado recientemente al Embajador de España ante la Santa Sede, las palabras padre y madre pueden “decirse con gozo y sin engaño”. No hay razones antropológicas ni éticas que permitan hacer experimentos con algo tan fundamental como es el derecho de los niños a conocer a su padre y a su madre y a vivir con ellos, o, en su caso, a contar al menos con un padre y una madre adoptivos, capaces de representar la polaridad sexual conyugal. )

El uso de lenguaje emocional- niños encargados a los laboratorios- no oculta el hecho de que son recibidos con la misma alegría y el mismo anhelo, sino superior en muchos casos, que los "encargados" según el método tradicional. Nada hay en las técnicas de fecundación que impliquen un menoscabo de la dignidad del niño, y la felicidad del mismo no depende del método por el que las células sexuales de sus progenitores se unieron, sino de circunstancias bien diferentes. Muchos niños no son adoptados, por su edad o por otras circunstancias, y parece preferible que sean adoptados pro personas que anhelan dar y recibir amor de ellos, a que crezcan en hospicios, ajenos a esa posibilidad.

( La figura del padre y de la madre es fundamental para la neta identificación sexual de la persona. Ningún estudio ha puesto fehacientemente en cuestión estas evidencias.)

No es cierto que eso sea una evidencia. Lo que parece evidente es que, al igual que el sexo de una persona, la identidad sexual venga determinada en primer lugar de manera natural. El entorno social y cultural, antes que el paterno, influye mucho más en la identidad sexual, pero sobre todo confundiéndola. Los niños criados en orfanatos no presentan ningún rasgo significativo o anormal en su identidad sexual. Ningún estudio ha puesto fehacientemente en cuestión esta evidencia.

(b) La relevancia del único verdadero matrimonio para la vida de los pueblos es tal, que difícilmente se pueden encontrar razones sociales más poderosas que las que obligan al Estado a su reconocimiento, tutela y promoción. Se trata, en efecto, de una institución más primordial que el Estado mismo, inscrita en la naturaleza de la persona como ser social. La historia universal lo confirma: ninguna sociedad ha dado a las relaciones homosexuales el reconocimiento jurídico de la institución matrimonial.
El matrimonio, en cuanto expresión institucional del amor de los cónyuges, que se realizan a sí mismos como personas y que engendran y educan a sus hijos, es la base insustituible del crecimiento y de la estabilidad de la sociedad. No puede haber verdadera justicia y solidaridad si las familias, basadas en el matrimonio, se debilitan como hogar de ciudadanos de humanidad bien formada.
Si el Estado procede a dar curso legal a un supuesto matrimonio entre personas del mismo sexo, la institución matrimonial quedará seriamente afectada. Fabricar moneda falsa es devaluar la moneda verdadera y poner en peligro todo el sistema económico. De igual manera, equiparar las uniones homosexuales a los verdaderos matrimonios, es introducir un peligroso factor de disolución de la institución matrimonial y, con ella, del justo orden social.
Se dice que el Estado tendría la obligación de eliminar la secular discriminación que los homosexuales han padecido por no poder acceder al matrimonio. Es, ciertamente, necesario proteger a los ciudadanos contra toda discriminación injusta. Pero es igualmente necesario proteger a la sociedad de las pretensiones injustas de los grupos o de los individuos. No es justo que dos personas del mismo sexo pretendan casarse. Que las leyes lo impidan no supone discriminación alguna. En cambio, sí sería injusto y discriminatorio que el verdadero matrimonio fuera tratado igual que una unión de personas del mismo sexo, que ni tiene ni puede tener el mismo significado social. Conviene notar que, entre otras cosas, la discriminación del matrimonio en nada ayudará a superar la honda crisis demográfica que padecemos.)

Se hace difícil ver como la regulación de las uniones entre personas del mismo sexo pueda atentar contra la familia tradicional a pesar de la oscura analogía de las monedas falsas. Es como si los obispos pensaran que la regulación originará una realidad ahora inexistente. Sin embargo es al contrario, las parejas no tradicionales con miembros del mismo o de diferente sexo existen ya y están ampliamente extendidas, como también lo está una cierta desvalorización del matrimonio tradicional en sus aspectos legales y religiosos. De esa presencia extensa y creciente nace precisamente la necesidad de regularización. Que se regularice la vida en pareja de personas que no pueden reproducirse no afecta más que la existencia de personas célibes por voluntad propia protegidas por leyes especiales, a pesar del actual problema demográfico. No es en absoluto incompatible una regularización de la situación de esas parejas con una legislación que proteja las familias tradicionales. No puede esperarse del hecho de que las parejas homosexuales no tengan protección legal que sus componentes se decidan por formar una tradicional. Equiparados o no, el matrimonio "verdadero" está en decadencia, tal vez los más interesados en conservarlo deberían ser los primeros en preguntarse por las causas reales de ello.

(c) Se alegan también razones de tipo jurídico para la creación de la ficción legal del matrimonio entre personas del mismo sexo. Se dice que ésta sería la única forma de evitar que no pudieran disfrutar de ciertos derechos que les corresponden en cuanto ciudadanos. En realidad, lo justo es que acudan al derecho común para obtener la tutela de situaciones jurídicas de interés recíproco.
En cambio, se debe pensar en los efectos de una legislación que abre la puerta a la idea de que el matrimonio entre un varón y una mujer sería sólo uno de los matrimonios posibles, en igualdad de derechos con otros tipos de matrimonio. La influencia pedagógica sobre las mentes de las personas y las limitaciones, incluso jurídicas, de sus libertades que podrán suscitarse serán sin duda muy negativas. ¿Será posible seguir sosteniendo la verdad del matrimonio, y educando a los hijos de acuerdo con ella, sin que padres y educadores vean conculcado su derecho a hacerlo así por un nuevo sistema legal contrario a la razón? ¿No se acabará tratando de imponer a todos por la pura fuerza de la ley una visión de las cosas contraria a la verdad del matrimonio?)
Existen problemas específicos de la relación de convivencia de tipo legal, económico, de derechos patrimoniales, etc, que en el caso de las parejas homosexuales no están contemplados. No se trata, como decíamos de crear esas parejas, que ya existen, sino de que sus problemas sean legalmente contemplados y resueltos y de facilitar la normalidad de una situación que es un hecho en la sociedad. La "verdad del matrimonio" está en entredicho a causa de la existencia de esas parejas y de otras, es esa presunta "verdad" la que trata de imponerse sobre la base de mantenerlas en la ilegalidad.

(5. Pensamos, pues, que el reconocimiento jurídico de las uniones homosexuales y, más aún, su equiparación con el matrimonio, constituiría un error y una injusticia de muy negativas consecuencias para el bien común y el futuro de la sociedad. Naturalmente, sólo la autoridad legítima tiene la potestad de establecer las normas para la regulación de la vida social. Pero también es evidente que todos podemos y debemos colaborar con la exposición de las ideas y con el ejercicio de actuaciones razonables a que tales normas respondan a los principios de la justicia y contribuyan realmente a la consecución del bien común. Invitamos, pues, a todos, en especial a los católicos, a hacer todo lo que legítimamente se encuentre en sus manos en nuestro sistema democrático para que las leyes de nuestro País resulten favorables al único verdadero matrimonio. En particular, ante la situación en la que nos encontramos, “el parlamentario católico tiene el deber moral de expresar clara y públicamente su desacuerdo y votar contra el proyecto de ley” que pretenda legalizar las uniones homosexuales.)

No está establecida, ni mucho menos, esa presunta injusticia, como ya hemos comentado, ni se abandona a la familia tradicional por prestar esa cobertura a esas parejas. Más bien parece una injusticia el abandono de esas personas y de su precaria condición como parejas.

Los parlamentarios, católicos o no, tienen un compromiso con aquellos a quienes representan. En su calidad de parlamentarios, solo ese compromiso deben atender. No pretendemos que ese compromiso pueda resumirse ingenuamente en "atender la voluntad de los electores", es algo mucho más complejo. Es un derecho y un deber, como dice la nota, participar en la formación de opinión acerca de las necesidades sociales, siempre que se trate de una mera invitación. No es legítimo, en cambio, llamar a obedecer autoridades supuestamente superiores que solo se reconocen como miembro de determinadas ideologías, religiosas o no. Si un parlamentario encuentra conflicto a causa de esto, no debe resolverlo sino renunciando a su representación.

(6. La institución matrimonial, con toda la belleza propia del verdadero amor humano, fuerte y fértil, también en medio de sus fragilidades, es muy estimada por todos los pueblos. Es una realidad humana que responde al plan creador de Dios y que, para los bautizados, es sacramento de la gracia de Cristo, el esposo fiel que ha dado su vida por la Iglesia, haciendo de ella una madre feliz y fecunda de muchos hijos. Precisamente por eso, la Iglesia reconoce el valor sagrado de todo matrimonio verdadero, también del que contraen quienes no profesan nuestra fe. Junto con muchas personas de ideologías y de culturas muy diversas, estamos empeñados en fortalecer la institución matrimonial, ante todo, ofreciendo a los jóvenes ejemplos que seguir e impulsos que secundar. En este proyecto de una civilización del amor las personas homosexuales serán respetadas y acogidas con amor. Invocamos para todos la bendición de Dios y la ayuda de Santa María y de San José.)

Este es un caso de exposición ideológica que no es objeto de comentario en este artículo. Solo recordar que la institución a la que pertenecen los obispos parece proteger la institución matrimonial por encima del verdadero amor humano y, en ocasiones, en contra del mismo.

Religión en las escuelas públicas.

En el colegio no solo se enseñan conocimientos procedentes de las ciencias sociales y empíricas. Asignaturas como la educación física o gimnasia, o los idiomas, por ejemplo, han sido impartidas tradicionalmente en las escuelas.

El criterio que decide la inclusión de asignaturas de este tipo puede ser la utilidad futura, la formación integral o la salud.

La religión presenta rasgos académicos y aspectos de estudio desde la Historia, la Psicología o la Antropología, por ejemplo. Sin embargo, la religión “desde dentro”, el estudio o la formación en el dogma y la en “verdad revelada” son cuestiones muy diferentes que pertenecen sin duda a la práctica concreta de cada religión.

En una sociedad acofensional o con vocación laica la inclusión del estudio de una religión como parte de la práctica de la misma difícilmente puede proceder de iniciativas públicas o estatales. No es una disciplina académica, no afecta a la salud o el desarrollo del niño ni forma parte objetivamente de la necesaria formación humanista de las personas. Solo obedece a criterios subjetivos.

Esta es una de esas cuestiones que no se deciden por mayoría O es una disciplina académica o no lo es, o influye en el desarrollo de las personas o no lo hace.

Sin embargo pudiera plantearse la enseñanza de una religión concreta como un servicio público a una mayoría practicante de una religión en ámbitos estatales o locales que lo reclamara como tal.

Aparte de los problemas que pudiera plantear a propósito de los gastos que algo así ocasiona y los relativos a quien debe acometerlos, suele plantearse aquel de si debe formar parte del currículo estudiantil. También se cuestiona si para aquellos estudiantes que no solicitaran ese servicio de debiera imponer una asignatura alternativa.

Me parece que ambas cuestiones tienen difícil justificación desde criterios estrictamente ceñidos a esa concepción de servicio prestado. Esa categoría genera derechos, pero no obligaciones para quienes no los solicitan o no quieren utilizarlos. (Asignatura alternativa obligatoria). Si yo no uso el servicio de correos no estoy obligado a comunicarme de alguna manera alternativa, bien puedo escoger no hacerlo en absoluto.

Y que aquellos que si eligieran acogerse a ese servicio lo hicieran con consecuencias curriculares sería injusto, tanto si la utilización de ese servicio devengara en beneficios como si lo hiciera con cargas, pues la utilización de un servicio no puede generar ni lo uno ni lo otro en cuestiones ajenas al propio servicio en cuestión.

Personalmente no me opongo a que se usen las escuelas públicas para impartir religión a quienes lo solicitaran, siempre que no generaran gastos a quienes no los utilizaran ni fuera origen de beneficios o perjuicios para nadie.
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Antecesores nobles

Una de las páginas más recomendables de cuantas conozco es, desde mi punto de vista, Magonia De hecho, es una de las blogs que vinculo en la sección de enlaces. A Gamez lo leo desde los tiempos de LAR, el heroico boletín de ARP , y en numerosas ocasiones he citado algún artículo suyo.Siguiendo con esa sana constumbre, leí hace unos días este artículosuyo en su blog. Tras la lectura del artículo, añadí un comentario mostrándome de acuerdo con su sentido general, que hacía hincapié en la igualdad de los hombres, pero dudando de algunas afirmaciones que ya antes había escuchado, basadas en un libro del biólogo Steve Jones. Algunos comentaristas del artículo, aunque no el propio Gamez, se refieren a mis comentarios como simples “detallitos” que desvirtuan el sentido del artículo.

Se trata de la llamada Paradoja de los Antecesores Infinitos. Básicamente consiste en calcular el número de personas que debieron existir para que cualquiera de nosotros esté hoy aquí sobre la base de dos antecesores diferentes en cada generación para cada una de las personas que engendran a la de la siguiente. Con respecto al principe de Asturias, Don Felipe de Borbón, y remontandolo hasta el pintor Velázquez, emparentado al parecer con el principe, sería algo así, en palabras del mismo Gamez:

“Él y el Príncipe están separados por unas trece generaciones, si presuponemos una media de veinticinco años por generación. Viajemos hacia atrás en el tiempo: la primera generación de antepasados de Felipe de Borbón está compuesta por dos personas, sus padres; la segunda, por cuatro, sus abuelos; la tercera, por ocho, sus bisabuelos; la cuarta, por dieciséis, sus tatarabuelos... y la decimotercera, ¡por 8.192 personas! Lo mismo vale para la novia, para usted y para mí. Multipliquen los 40 millones de españoles que somos por 8.192 ancestros por cabeza hacia 1660 y les dará una cantidad astronómica: 327.680 millones de personas, tres veces el número de estrellas de la Vía Láctea. Pero ¿hubo alguna vez tanta gente en España? No, claro. Y, entonces, ¿cómo es posible que tengamos tantos antepasados por cabeza? La razón es muy simple, los árboles genealógicos no son exclusivos de cada uno, se van fusionando según viajamos hacia atrás en el tiempo: los de mis hermanos y el mío se juntan en mis padres; con mis primos me junto en parte en mis abuelos; y así poco a poco hasta los primeros ejemplares de nuestra especie.”

Si remontamos del mismo modo para una sola persona actualmente viva aún más tiempo atrás, el número necesario de antecesores para esa sola persona es enorme. La explicación de Gamez me parece básicamente correcta, pero se usa para afirmar que la esposa de Don Felipe, Doña Leticia Ortiz, comparte con su esposo necesariamente algunos de los ancestros de la época de Velazquez y posteriores, o que al menos tiene entre ellos algún noble. Y que eso mismo es cierto para cada uno de nosotros, al menos a grandes rasgos. En el artículo se cita un párrafo del libro de Jones que ilustra esto de una manera más viva:

"Incluso una excursión corta aguas arriba constituye casi la garantía de sacar a la luz un antepasado magnífico. Más o menos todos los del mundo occidental son descencientes del emperador Nerón, bastantes menos de Guillermo el Conquistador, y sólo unos pocos cientos de miles de George Washington".

Esto me parece cierto si nos remontamos suficientemente atrás en el tiempo, hasta épocas prehistóricas, y aún más cierto en el caso de los primeros representantes de nuestra especie, pero me parece arriesgado afirmarlo para tiempos históricos relativamente recientes. Y mucho más cuando se afirma que “Decir que la novia de Felipe de Borbón no tiene ningún antepasado noble es una real bobada. Todos los tenemos, como todos tenemos antepasados despreciables. Un montón de españoles podría presumir de estar conectado con Velázquez y algunos más con Alfonso X, pero sólo lo hacen quienes dan la suficiente importancia a sus ancestros como para guardar registros de ellos.”

Un montón de españoles si, pero es una afirmación trivial si se refiere a que el arbol de descendientes de Velazquez o de Alfonso X ha abierto sus ramas con el tiempo. Pero no si afirma que todos o la mayoría de nosotros o un número significativo, estamos emparentados de manera necesaria con estos hombres. Y puede que Leticia tenga antepasados nobles, pero no me parece algo seguro como afirma el artículo.

Los nobles practican la endogamia, se reproducen entre ellos mismos, y, aunque tengan bastardos, no suele ser con aldeanas o similares, antes bien con cortesanas o con miembros destacados de la sociedad que por alguna razón acceden al entorno del noble. Y esos bastardos suelen integrarse en niveles altos de la sociedad. Y no me parece que la existencia de bastardos de la nobleza alcance para justificar la generalización a la mayoría de la sociedad.

En los pueblos ocurre algo similar, la endogamia es inevitable, siendo posible afirmar que casi todos los habitantes de ellos se remontan a antecesores emparentados, y lo mismo es válido para niveles comarcales, aunuqe en menor medida. Sin embargo, eso no autoriza a generalizarlo afirmando que no solo es cierto intra comunidades, sino que existe el mismo fenómeno inter comunidades. Que exista endogamia no significa que todos los hombres esten emparentados. Solo que los procedentes de determinada zona lo estan. Y en la medida en que esa zona se amplía, las posibilidades decrecen. Y creo que es todavia más cierto si nos referimos a los descendientes de personas de otros países, como Nerón, o Guillermo el conquistador.

Con la sociedad urbana, las nuevas realidades sociales sin clases definidas y el fenómeno de la emigración, se está dando una nueva mezcla de “sangres”, pero es un fenómeno demasiado reciente para justificar una afirmación semejante a la realizada en el artículo.

Repito mi admiración por Gamez y quiero dejar constancia de que soy consciente de la posibilidad de estar equivocado, sobre todo cuando contradigo a personas como Gamez y Jones y solo me baso en una reflexión acerca de lo leído. También quiero recalcar que los comentaristas a los que me refiero no cuestionan, hasta este momento, el que mis argumentos sean ciertos, sino la trascendencia de los mismos para lo que en el artículo se afirma.

No se´si hago bien en traer estas cuestiones aquí, pero me pareció mejor que seguir abusando de la posibilidad de hacer comentarios en una blog ajena enredandome en una discusión que tal vez solo a mí interesa.

Protágoras y el cristal con que se mira.

Decía Protágoras de Abdera que el hombre es la medida de todas las cosas. Aunque se le han dado diversos sentidos a esta frase, el propio Protágoras la usaba para mantener que no existían valores universales, que todo dependía de la valoración de cada persona. Todo tiene al menos dos caras o perspectivas. Séneca escribió a Lucilio sobre la doctrina de Protágoras: “dice que sobre toda cuestión se puede disputar desde dos puntos de vista y con la misma fuerza, incluso sobre esta cuestión misma de si todo puede ser discutido desde dos puntos de vista."

Se cuenta una historía que se dice protagonizada por el mismo Protágoras y que se conoce como La Paradoja de Protágoras. Más o menos es así:

Euatlo era un joven sin recursos económicos que deseaba estudiar con Protágoras con la idea de dedicarse a la abogacía. Protágoras, que apreciaba la inteligencia del joven, le propuso que asistiera a sus clases y que una vez ganara su primer pleito ejerciendo de abogado, le abonara sus honorarios. El joven estuvo de acuerdo en el arreglo.

Euatlo, efectivamente, asistió a todas las lecciones pero, cuando acabó su formación, anunció que finalmente no se iba a dedicar a la abogacía, sino a la política, y que, por tanto, no estaba en obligación de pagar sus honorarios, pues jamás ganaría un pleito. Protágoras amenazó al estudiante con un pleito y el joven argumentó:

«Si vamos a juicio, Protágoras, y yo gano, por este mandamiento judicial, no te tendré que pagar; si pierdo, dado que aún no habré ganado mi primer pleito, y esta era nuestra condición, tampoco tendré que pagar. Así, pues, Protágoras, no te conviene ir a juicio: seguro que lo perderás.»

A lo que Protágoras replicó:

«Si vamos a juicio, Euatlo, y yo gano, por este mandamiento judicial, me habrás de pagar; si pierdo, tú habrás ganado tu primer pleito y por razón de nuestro antiguo pacto, me habrás de pagar.»

¿Tiene alguna solución objetiva esta paradoja o Protágoras tiene razón, y el mundo es puro subjetivismo?

El Sultan quiere más niñas.

En un país oriental, el Sultán anda preocupado por el desequilibrio poblacional entre varones y hembras. La proporción de nacimientos entre niños y niñas es del 50% y el desearía más niñas para los harenes del país. El Sultan aprueba una ley según la cual todo matrimonio dejará de procrear cuando el recien nacido sea niño, y podrá seguir reproduciendose mientras los vátagos alumbrados sean niñas, sin importar el número de hembras traídas al mundo. De tal modo, espera, el Sultan, el número de nacimientos de niñas se verá incrementado y, con él, se conseguirá equilibrar la proporción de habitantes.

¿Funcionará el plan del Sultán?. Razonad la respuesta.
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